Presencia real de Cristo en la Eucaristía

La Constitución conciliar sobre la Liturgia afirma la presencia de Cristo “en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz, sea bajo las especies eucarísticas” (SC 7). La encíclica Mysterium Fidei califica la presencia de “modo más sublime”, “presencia real por antonomasia” al tratarse de una presencia substancial. La presencia eucarística no excluye los otros modos de presencia, es inseparable de ellos. Cada modo de presencia del Señor guarda conexión con los demás, aunque cada uno tiene su propia peculiaridad.

La presencia eucarística, representa el modo más eminente y es la cumbre de todas las demás, ya que en la Eucaristía “se hace presente Cristo, Dios y hombre, todo e íntegro”.

Presencia en el ministro, obispo o presbítero, ya que son causa de la presencia del Cuerpo y Sangre de Cristo, por la fuerza del Espíritu Santo que el Padre envía. El sacerdote une su propia ofrenda a la ofrenda sacerdotal de Cristo. Y en ese momento el sacerdote hace posible la ofrenda de la Iglesia y la ofrenda de todos los fieles que participan  del sacrificio de Cristo ofrecido por el ministerio del sacerdote (PO 5; LG 11). Presencia permanente, mientras subsistan las especies sacramentales.

La Plegaria eucarística es "la más importante de las oraciones presidenciales" (OGMR 30). Actitud de adorante gratitud en la acción de gracias del Prefacio en el que se glorifica al Padre y se le da gracias por la obra de la salvación del Hijo. Toda la asamblea, en nombre de la creación, uniéndose a los santos del cielo, alaba al Padre y “al Cordero degollado…” (Ap 5,12), y canta gozosa el canto que dura siempre y no acabará jamás (Ap 4,8). Y hacemos memoria adorante, “anámnesis”, de todas las maravillas de Dios desde la creación a la muerte y resurrección del Señor, hasta que vuelva al final de los tiempos. La oración de la Iglesia es escuchada por el Padre, que en la “epíclesis” envia su Espíritu Santo y transforma el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo querido. Actitud aún externa de adoración profunda.         

Y llega el momento culminante de nuestro sacerdocio bautismal y de nuestra confirmación. Nosotros ofrecemos y nos ofrecemos: “Te ofrecemos, Padre, el Pan de vida y el Cáliz de salvación” (Ple. Eu. IIª). El verdadero ofertorio de la Misa. Nuestra actitud de adoración y ofrenda como la de María, la Madre de Jesús, en el Calvario. Y la doxología final: la glorificación del Padre es el término de toda la obra de Cristo y de la Iglesia. “Por Cristo, con El y en El, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén”. Adoración gozosa, jubilosa.