La alegría del Ministerio

Es el Señor quien nos llama a servir a nuestros hermanos en el ministerio sacerdotal. Una llamada para hacer presente en nuestras comunidades cristianas a Cristo Cabeza y Pastor de su pueblo. El Beato Juan Pablo II escribía a los sacerdotes: “Con ánimo agradecido y lleno de admiración nos dirigimos a vosotros, que sois nuestro primeros cooperadores en el servicio apostólico… Vosotros lleváis el peso del ministerio sacerdotal y mantenéis el contacto diario con los fieles. Vosotros sois los ministros de la Eucaristía, los dispensadores de la misericordia divina en el Sacramento de la Penitencia, los consoladores de las almas, los guías de todos los fieles en las tempestuosas dificultades de la vida. Os saludamos con todo el corazón, os expresamos nuestra gratitud y os exhortamos a perseverar en este camino con ánimo alegre y decidido. No cedáis al desaliento. Nuestra obra no es nuestra, sino de Dios” (Pastores dabo vobis, 4). De ahí la importancia de la Eucaristía en la vida del presbítero, celebración gozosa para él personalmente. “Hemos nacido de la Eucaristía. Lo que decimos de toda la Iglesia, es decir, que “de Eucaristía vivit” (que vive de la Eucaristía), como he querido recordar en la reciente Encíclica, podemos afirmarlo también del sacerdocio ministerial: éste tiene su origen, vive, actúa y da frutos “de Eucaristía”. No hay Eucaristía sin sacerdocio, como no existe sacerdocio sin Eucaristía” (Bto. Juan Pablo II, “Don y misterio”, Madrid, 1996, 95).

En la celebración de la Eucaristía el presbítero se comunica en plenitud: reza como Jesús hablaba al Padre, escucha y proclama la Palabra de Dios, como Jesús lo haría; acoge a los hermanos como Jesús los acogía; les habla como Jesús les hablaría. Por eso nos dice el Papa: “El ministerio ordenado, nunca puede reducirse al aspecto funcional, pues afecta al ámbito del “ser”, faculta al presbítero para actuar “in persona Christi” y culmina en el momento en que consagra el pan y el vino, repitiendo los gestos y las palabras de Jesús en la Última Cena. Ante esta realidad extraordinaria permanecemos atónitos y aturdidos: ¡con cuánta condescendencia humilde ha querido Dios unirse al hombre! Si estamos conmovidos ante el pesebre contemplando la encarnación del Verbo, ¿qué podemos sentir ante el altar, donde Cristo hace presente en el tiempo su Sacrificio mediante las pobres manos del sacerdote? No queda sino arrodillarse y adorar en silencio este gran misterio de fe” (Carta de Juan Pablo II a los sacerdotes. Jueves Santo de 2004). Demos gracias a Dios por este ministerio-servicio fundamental para la Eucaristía y la Iglesia.