Tiempo litúrgico:
Lectura:
En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca.»
Él les respondió: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.»
Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.
Meditación:
Tal vez no sea lo más relevante de todo este texto, pero me quiero parar en él porque me descubre dónde está tu fuerza y dónde pongo la mía. No es que lo tuvieses claro, era sencillamente que no podías prescindir de ello. La oración, el encuentro con tu Padre Dios era el punto de apoyo, el núcleo de tu fuerza. En él descansabas y de él recogías tu ser y tu hacer. Sin esa referencia tú no serías tú, y todo lo que hacías y decías saldría de ti, pero no de Él. Y es ahí donde radicaba tu fuerza, y esa autoridad de la que nos decía el evangelista la semana pasada que lo hacías y decías todo. Era la autoridad, la fuerza de Dios, y su compasión y ternura la que te arrastraba y la que manifestabas. Hemos olvidado que tu palabra brota de tu escucha, tu acción y tus gestos, de tu contemplación.
Y nosotros, que la necesitamos más, somos capaces de prescindir con mucha ligereza de esa relación y, claro, así nos tambaleamos o nos hacen tambalear, con tanta facilidad. Así nuestra fe está cargada de incertidumbres, nuestra esperanza aparece difuminada y nuestro amor supeditado a un sinfín de sentimientos y de respuestas.
Argumentamos con toda facilidad y “lógica” que andamos muy mal de tiempo, que estamos estresados, que el día no nos da para más, llegamos cansados a casa y hasta nos faltan horas para dormir. ¡Es curioso! A ti te era difícil sacar tiempo para descansar tú y los tuyos. Tu compasión te llevaba a olvidarte de ti y tus discípulos para atender a todas esas multitudes que te siguen por todas partes, hambrientas de sentido. Pero tienes claro de dónde sacas esa fuerza, y quitas horas al sueño para “de madrugada” ir, no a orar, sin más, sino para salir al encuentro de tu Padre. Tu verdadero descanso. Y, no cabe duda, tu actitud me cuestiona, me interpela y me invita.
Oración:
Señor, en muchos momentos son más importantes tus actitudes que tus palabras, tus silencios que tus discursos. Ellas me muestran el sentido desde el que los haces y desde donde me llamas a hacerlo yo. Gracias, Señor, por tus gestos. Gracias por recordarme con ellos lo fundamental, dónde están mis raíces, y mis vacíos me lo gritan.
Sí, Señor, necesito orar. Necesito encontrarme contigo de tú a tú. En la escucha, en el silencio, en la compañía de amigos, en el sentir de dos enamorados. Y es verdad que mis tiempos se estrechan, pero sé que siempre puedo encontrar un espacio para los dos. Y lo necesito, Señor, Tú sabes cuánto. Y yo, aunque me cuesta a veces reconocerlo, también.
Contemplación:
Cuántas disculpas para eludir
lo que más necesito.
Cuántos espacios ocupados
en lo que no alimenta
lo más íntimo de mí.
Cuánta hambre
que no busco saciar
y cuánta sed
que reseca mis entrañas.
Y tú me sigues llamando,
me esperas con tu mano
y tu corazón extendidos.
Y quisiera romper los muros
que me lo impiden,
y tocar tus dedos
y besar tus labios.
Y escuchar de nuevo,
en mi corazón,
tu ¡te quiero!
