Introducción a la Cuaresma 2011

Nos adentramos en una nueva cuaresma. Un tiempo litúrgico fuerte que da la sensación de que siempre comenzamos con un poco de pereza. Pasan los días tan de prisa que todavía parece que resuenan los ecos navideños,  y el contraste es significativo.

Tenemos que reconocer, y ese aspecto tiene su peso, que hemos  cargado la cuaresma de bastantes tintes oscuros, y la preparación a la que es la mayor de nuestras fiestas, la Pascua, le hemos dado la sensación de algo que hay que pasar con cara de circunstancias. Es verdad que tendremos que hablar de conversión y de cruz; que vamos a vislumbrar acontecimientos de muerte, porque así parece que nos empeñamos en hacer la vida; pero hasta esa muerte, apoyada en la fuerza del amor, nos seguirá hablando de vida, de la llamada a optar por la vida, a generar vida, a construir vida. Es la buena noticia de la esencia del amor en el que se nos invita, una vez más, a seguir adentrándonos, a hacer opción, con todas sus consecuencias. Y, claro que sí, para eso, necesitamos prepararnos lo mejor posible, mirando hacia dentro y hacia fuera de nosotros, no sin dolor y exigencia, pero con esperanza y con gozo.

Ningún tiempo litúrgico, desde la fe, puede estar marcado por la tristeza. Todas nuestras celebraciones se apoyan en el Dios del amor y de la vida que se nos ha manifestado en Jesús de Nazaret. En este Dios que ha salido al encuentro de nuestra historia, de mi historia, para salvarla, para decirnos que nos ama, que ha derrochado amor en ella y que lo ha plantado como semilla frágil y fuerte en nuestro corazón. Nos empeñamos en generar gestos de muerte, pero estamos hechos para vivir, para dar vida, estamos hechos por el Amor y para amar.

Y nuestro Dios no ha pronunciado esta palabra y este deseo desde un aparente estático cielo. Desde allí se nos ha manifestado Trinidad, para enseñarnos que el amor, por grande que sea, nunca se da ni se produce ni se alimenta solo. El amor es corriente de vida, por eso se desbordó y plantó su tienda entre nosotros, en nosotros. De esta manera, hemos descubierto que Dios no sólo no nos espera pasivamente, sino que es la fuente y la fuerza continua de nuestro  amor; y que sigue llamando ansiosa y respetuosamente a las puertas de nuestro ser hasta que le abramos y le dejemos entrar para que irrumpa y lo trastoque todo.  A eso le llamamos conversión.

Si, todos los días, pero en este tiempo de gracia cuaresmal de un modo especial, Dios nos espera; y eso nos debe estimular, ya que en nuestra apertura y en nuestra vuelta a él nos jugamos lo mejor de nosotros mismos. Porque en ese encuentro se nos llama a descubrir al hombre hermano que también nos espera, como nos recuerda el Papa en su mensaje cuaresmal de este año, para derramar sobre él su justicia y construirla juntos. Por todo ello, aprovechemos todos los medios que la Iglesia pone en este tiempo a nuestro alcance, no son para incordiarnos sino para acercarnos más y mejor al que nos espera. Puede ser que esta nueva cuaresma, con su llamada a la conversión, nos urja a remozar algunos rincones de nuestro ser y de nuestra vida; puede ser que cuestione e interpele muchas de nuestras actitudes cómodas; puede ser que hasta nos haga llorar, ¡ojalá!, si esas lágrimas nos ayudan a humanizar un poco más nuestros gestos, a hacernos más solidarios, mejores testigos de su presencia, y nos permiten dirigir la mirada del corazón al Dios que nos espera y camina con nosotros, a Cristo nuestra Pascua, origen, camino y  meta de nuestra salvación.