Unos textos intencionados

El Misal, en su introducción, describe así la parte final de la misa: "despedida del pueblo por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno regrese a sus honestos quehaceres, alabando y bendiciendo a Dios" (Misal, IGNIR 90). 

En la oración poscomunión muchas veces el sacerdote le pide a Dios, de parte de toda la comunidad, que haya sintonía entre lo que hemos celebrado y lo que vamos a vivir en nuestra historia de cada día:

“Oh Dios, Padre de todos los hombres,
que nos haces participar
de un mismo pan y un mismo Espíritu
como anticipación del convite eterno.
 

Te pedimos que quienes formamos
la multitud de tus hijos,
manteniéndonos en la unidad de la fe,
edifiquemos unánimes el reino de la justicia y de la paz”.

Señor, te suplicamos concedas a tus hijos,
que se juntan en tu amor y participan en un mismo pan,
la gracia de la caridad y de las buenas obras,
para que puedan presentarse ante el mundo
como verdaderos testigos de Cristo.

La despedida clásica (el "ite, missa est”- latino) es: "Podéis ir en paz. Demos gracias a Dios". Pero el sacerdote o el diácono pueden utilizar otras que ofrece el Misal y que conectan la Eucaristía que acabamos de celebrar con la vida a la que volvemos:

  • La alegría del Señor sea nuestra fuerza. Podéis ir en paz.
  • Glorificad al Señor con vuestra vida. Podéis ir en paz.
  • Anunciad a todos la alegría del Señor resucitado. Podéis ir en paz.

Cristo da unidad a nuestra misa y a nuestra vida


Nos hace mucho bien entender mejor la presencia real de Cristo en la Eucaristía y en la vida, que ahora se ve en una perspectiva más amplia.

Cristo Jesús, el Señor Resucitado, se nos hace presente en nuestra vida de diversas maneras:


  • la presencia más excelente es que el Señor Resucitado se identifica con el pan y el vino, para dársenos en comunión, "tomad y comed";
  • pero esta comunión está preparada por la presencia, también real, de Cristo en su Palabra: Cristo es la Palabra viviente que Dios nos comunica;
  • y aún antes por su presencia en la comunidad y en la persona del ministro que preside la celebración: "cuando dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo";
  • después de la celebración, la presencia de Cristo se prolonga en el sagrario, donde sigue siendo Pan disponible para los enfermos (sobre todo para los moribundos) y para los que no han podido acudir a la celebración;
  • de otro modo sigue estando también realmente presente en la persona de los demás, sobre todo de los pobres y enfermos ("a mí me lo hicisteis");
  • también lo está en los demás sacramentos, todos los cuales son "fuerzas vivas que emanan del Cristo vivo" (Catecismo 1116), "cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza", "cuando alguien absuelve, es Cristo quien absuelve";
  • y en la oración, sobre todo en la Liturgia de las Horas: el mismo Jesús, Orante supremo también ahora, como Resucitado, nos incorpora a su oración, haciéndonos "concelebrar" la oración con él, alabando al Padre y pidiendo por el mundo.


Esta multiforme presencia del Resucitado es lo que da unidad a nuestra vida entera. No sólo la Eucaristía, los sacramentos y la oración litúrgica, sino también la comunidad misma, su misión y su servicio de fraternidad para con los demás, todo queda unificado por el Señor Jesús que nos está presente en cada momento, como él mismo nos aseguró: "yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo".

Eso sí, la Eucaristía es el sacramento en que con mayor densidad se nos comunica Cristo Jesús para hacemos partícipes de su vida. Como los dos discípulos de Emaús, también nosotros reconocemos en cada Eucaristía la presencia viva del Señor: ellos le reconocieron en la 'fracción del Pan", en su Palabra (¿no ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las escrituras?) y en la comunidad, a la que volvieron apresurados, para oír también allí la experiencia de que Cristo había resucitado y se había aparecido