VII: El Señor nos envía

 

 

Si al principio de la misa nos sentíamos convocados, al final deberíamos consideramos enviados.

 

Venimos de nuestras ocupaciones, de nuestras casas, a la reunión dominical de la comunidad cristiana. Al final salimos de esta reunión y volvemos a nuestra historia y a nuestra vida.

 

Esta celebración -estos tres cuartos de hora- no es algo aislado, sin relación con lo anterior y con lo siguiente. Entramos a la Eucaristía "cargados con nuestra vida" y salimos de ella con el encargo de "dar testimonio en la vida" de lo que acabamos de escuchar y celebrar.

 

En medio, seguramente no habrá pasado nada extraordinario ni espectacular. No saldremos llorando de emoción o aplaudiendo de entusiasmo. Pero sí es de esperar que salgamos más iluminados por la Palabra de Dios y más animados por su Eucaristía para vivir cada vez más según el estilo de vida cristiana que nos enseñó Jesús.

Un final sencillo  pero cordial 

 

El final de la misa es muy breve, pero tiene unas palabras y unos gestos muy expresivos de lo que es la Eucaristía en el conjunto de nuestra vida.

  • Al terminar la distribución de la comunión, hay unos momentos de silencio que nos pueden resultar muy provechosos para interiorizar el misterio que acabamos de celebrar, que Cristo se nos ha dado como alimento; le damos gracias personalmente y profundizamos en nuestra unión con él;
  • entonces el sacerdote nos invita a orar, y proclama por todos la poscomunión: es una oración breve en la que pedimos a Dios que nos ayude a prolongar en la vida lo que hemos celebrado en la Eucaristía;
  • puede ser que nos den brevemente en este momento unos avisos referentes a la vida de la comunidad, porque todos formamos esta comunidad y nos interesa qué sucede de especial a lo largo de la semana;
  • el sacerdote, antes de despedimos, nos da en nombre de Cristo la bendición final; a veces, lo hace en su forma más sencilla ("la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros"), mientras traza sobre la comunidad una gran señal de la cruz, que haremos bien en acoger trazando sobre nosotros la misma señal de la cruz, como apropiándonos con gozo de la bendición del Señor; en días más festivos, nos da una bendición más solemne, extendiendo las manos sobre la asamblea y diciendo tres peticiones, a cada una de las cuales respondemos todos "amén";
  • el sacerdote, a continuación, nos despide con el "Podéis ir en paz", a lo que contestamos "Demos gracias a Dios", y así da por concluida nuestra reunión dominical;
  • puede ser, con todo, que entonen todavía un breve canto de salida, que tal vez cantamos, después de la bendición, antes de la despedida; pero si es al final, lo más lógico es que sea en verdad "de salida", un canto breve mientras vamos ya saliendo si queremos