Cuaresma 2009

La Cuaresma: Camino de la Iglesia hacia la Pascua

Los orígenes

Desde finales del s. II existe en la Iglesia un período de preparación a la Pascua, observado con algunos días de ayuno. Este ayuno inicial presenta una primera estructura de una semana de preparación, especialmente en Roma, convertida después en tres semanas en las cuales se lee el evangelio de Juan y, finalmente, en cuarenta días de ayuno, inspirados en los cuarenta días transcurridos por Jesús en el desierto.

Este ayuno de cuarenta días se realizaba desde la sexta semana antes de Pascua. Pero estando de por medio seis días dominicales en los cuales no se ayunaba y queriendo completar el número simbólico de los cuarenta días, se prolongó anticipando el comienzo al miércoles anterior a la sexta semana antes de Pascua y se computaron los días de viernes y sábado antes de pascua, para completar los cuarenta días.

Actualmente es éste el cómputo matemático que hace de nuestra Cuaresma un periodo de cuarenta y cuatro días, incluidos el miércoles de Ceniza y el Jueves Santo, de los cuales cuarenta de ayuno, excluyendo precisamente los seis domingos -cinco de Cuaresma y uno en la Pasión del Señor o domingo de ramos- y añadiendo los ayunos del Viernes y del Sábado Santo que pertenecen ya al Triduo Pascual.

En el s. IV encontramos suficientes testimonios de una organización del período cuaresmal que compromete a la Iglesia entera y a algunos de sus miembros con gran riqueza de motivaciones y de contenidos.

Desde el s. IV hasta el VII-VIII, tenemos el periodo de la Cuaresma cristiana, con fuerte carácter bautismal expresada también con los ritos del catecumenado y las lecturas feriales y dominicales de la liturgia romana. Poco a poco esta perspectiva disminuye con la decadencia de un verdadero catecumenado en la Iglesia, hasta la recuperación actual, realizada por el Vaticano II.

Motivaciones y contenidos

Para establecer la cronología y el contenido de la Cuaresma, ha tenido una gran importancia el recuerdo de los cuarenta días de ayuno del Señor en el desierto, según el testimonio de los Sinópticos, con su simbolismo. este número encuentra un parecido simbólico en otras expresiones de la vida de Israel en el AT: los cuarenta días del diluvio, los cuarenta días y noches de Moisés en el Sinaí, de Elías que camina hacia el Horeb; los cuarenta años del pueblo elegido en el desierto, los cuarenta días en que Jonás predicó la penitencia en Nínive. Este itinerario cuaresmal se convierte en un signo sagrado, un sacramento del tiempo. La Iglesia, los que se preparan al bautismo y los penitentes que se han de reconciliar con motivo de la Pascua, tiene en Cuaresma un tiempo de conversión y de gracia, un camino espiritual que recorren iluminados por el fulgor de la Pascua.

a) La comunidad cristiana, toda la Iglesia, está llamada a este ejercicio de preparación que tiene en primer lugar un carácter de renovación espiritual en el que es necesario insistir especialmente en el clásico trinomio: oración, limosna (caridad), ayuno, como atestiguan los Padres en sus homilías.

b) Los Catecúmenos elegidos ya por el Bautismo, llamados iluminados, fijada la norma de bautizar en la vigilia pascual -como ya parece indicar Hipólito en el s. III- son protagonistas de una preparación intensa para el bautismo.

En este tiempo se celebran distintos ritos importantes de la preparación próxima al Bautismo, en estrecha relación con la liturgia cuaresmal: la elección y la inscripción del nombre, los escrutinios y los exorcismos unidos a las lecturas de algunos pasajes del evangelio de Juan: la entrega y reentrega del Símbolo de la fe y del padre Nuestro, síntesis de la fe y de la oración respectivamente; se anticipan también algunos ritos de la preparación inmediata al Bautismo: el rito del Effetá.

c) Desde el s. IV, Pedro de Alejandría en su canon recuerda los cuarenta días de penitencia para aquellos que deben ser reconciliados con la Iglesia, los penitentes.

El inicio de la Cuaresma queda fijado en un principio en el domingo primero; después se anticipa al miércoles de ceniza; en este día los pecadores públicos eran alejados de la asamblea y obligados a la penitencia pública. El recuerdo de la ceniza y el silicio (cf. Mt. 10,21) era especialmente para ellos. Existía también en el Sacramentario Gelasiano y después en Ordines romani y finalmente en los Pontificales el rito de la reconciliación pública de los penitentes, que se celebraba el jueves santo, para que todos pudieran compartir con gozo la fiesta de la Pascua.

Desaparecida la penitencia pública en su sentido realista, en el año 1001 el Papa Urbano II, en el sínodo de Benevento, extiende la costumbre de la imposición de la ceniza a todos los fieles de la Iglesia, incluidos los clérigos. la tradición romana se impone con gran fuerza psicológica entre los fieles, dado el carácter universal del simbolismo de la ceniza, signo de luto y de muerte, en diversas religiones. Desde entonces Cuaresma comienza para todos con un gesto que nos invita a la conversión y prevalece la motivación penitencial con el ayuno y la abstinencia, expresiones de la penitencia cuaresmal.

Prácticamente desaparece poco a poco también el sentido bautismal de la Cuaresma al cesar el catecumenado, al manipular los textos de la liturgia bautismal y catecumenal que se habían creado ejemplarmente en Jerusalén, Antioquía y Roma, y al acentuar el sentido penitencial. El primitivo sentido bautismal ha sido recuperado ahora con la reforma del Vaticano II.