El canto en la Liturgia

La música y el canto han estado siempre en las entrañas mismas de la celebración litúrgica cristiana.

En el Antiguo y Nuevo Testamento se encuentran cientos de referencias al canto y la música.

Antes del Concilio Vaticano II existían dos modelos de celebrar la eucaristía, la rezada y la cantada. El clero asumía casi todas las funciones de la asamblea, especialmente el canto. Los coros robaban el papel de la asamblea al cantar los diálogos, las aclamaciones y los textos propios de la celebración (composiciones de Palestrina, Victoria, Mozart, Bethoven...)

El Papa Pío X (1903 - 1914) reunió a los oficiales de la iglesia para delinear la forma en que los compositores pudiesen escribir e implementar música para la liturgia. Los compositores de música sacra debían ser aprobados por Roma y la lista original estaba constituida por compositores europeos solamente. Con esta forma de control, Roma desarrolló un sistema de criterios y estándares que les permitía juzgar objetivamente la naturaleza sacra o profana de la música.

Con el Concilio Vaticano II, se abrió la puerta de la esperanza para la reforma litúrgica, cuyos pasos, aunque algo lentos, se han ido dando en España. Fruto de ello es la introducción del canto comunitario, como expresión de "lo colectivo".

Por primera vez en la historia de la Iglesia se le dedica a la música litúrgica un capítulo entero de una constitución conciliar: de los números 112 al 121 de la Sacrosanctum concilium (SC).

El papa, Juan Pablo II, en un discurso dirigido en 1985 a la Asociación de Santa Cecilia, hablaba así sobre la música sacra: " Me dirijo a vosotros a fin de que prestéis vuestra contribución para que la música, inserta en la Iglesia en la celebración de los misterios, sea verdaderamente sacra, es decir, tenga una predisposición a su sublime finalidad religiosa, y sea verdaderamente artística, capaz de mover y transformar los sentimientos del hombre en canto de adoración y súplica a la Santísima Trinidad"

Nuestro anterior Obispo, Felipe Fernández, en un documento bajo el título "la música litúrgica", publicado en 1995, decía, al referirse a "algunas preocupaciones de un Obispo sobre la música en la liturgia": "...no sólo se ha perdido hoy la distinción entre música sacra y música profana, sino que no se acaba de percibir el sentido y la originalidad de la música litúrgica..... Es más: no sólo es interesante la distinción entre música sacra y música profana, sino entre lamúsica sacra litúrgica -propia de las celebraciones litúrgicas y adecuada para ellas- y otra música religiosa -que puede tener su lugar en reuniones de convivencia, de amistad, en acampadas, marchas..."

La música no es por sí misma sagrada o profana. Los cristianos no tienen una música aparte. Pero pueden usar o crear la que sea apta para cantar su fe, para alabar y dar gracias a Dios, para pedir perdón, para expresar la confianza y la plegaria.

Un autor litúrgico, hacía distinción entre música para cantar la fe en la liturgia y la música para cantar la fe en otro lugar, lo que abarcaría lo expuesto anteriormente.

Antonio Alcalde, en las 25 jornadas de la Asociación Española de Profesores de Liturgia, refiriéndose a la renovación del canto, comentaba "...la música confiere significado y función a los textos y pleno sentido a las acciones (por ejemplo, a las procesiones u oraciones litánicas). La música une en comunidad y hace posible una expresión conjunta que es más que la suma de expresiones individuales.... La música es mala cuando no crea comunicación..."